El poder transformador de la alimentación y el vino para conservar el territorio
Hay una idea que ya apunté en otro artículo y a la que no dejo de darle vueltas: quizá el mayor poder que tenemos como ciudadanos no sea el de votar cada cuatro años, que también, sino el de decidir qué compramos cada día.
Porque cada vez que llenamos la cesta de la compra estamos respaldando una forma de producir, de trabajar y de relacionarnos con el territorio. Y, como todo poder conlleva una responsabilidad, la nuestra pasa por intentar saber de dónde viene aquello que consumimos.
Esto puede aplicarse prácticamente a cualquier ámbito, pero hoy quiero centrarme en la comida y la bebida, el vino en concreto porque he visto el impacto directo. En definitiva, en aquello que incorporamos a nuestro cuerpo y que, además de alimentarnos, tiene la capacidad de transformar el paisaje que nos rodea.
Antes de seguir, una aclaración importante: no se trata de culpabilizarnos. Todos hacemos lo que podemos con el tiempo y el dinero de los que disponemos. La perfección no existe y bastante compleja es ya la vida como para añadir una carga más.
Se trata, simplemente, de tomar decisiones un poco más conscientes. De preguntarnos qué estamos entregando a cambio de la comodidad, la rapidez o el precio más bajo. Porque muchas veces, por esas rendijas, se cuelan productos que perjudican nuestra salud, degradan los ecosistemas o contribuyen a modelos productivos que difícilmente pueden sostenerse en el tiempo.
También merece la pena preguntarse por qué nos cuesta tanto cocinar, por qué sentimos que nunca tenemos tiempo o por qué ni siquiera sabemos hacerlo, por qué hemos ido perdiendo conocimientos que durante generaciones formaron parte de la vida cotidiana.
Y, por supuesto, conviene hacerse preguntas sobre el origen de lo que compramos. ¿Quién ha cultivado esa fruta? ¿Quién ha elaborado ese vino? ¿De dónde viene realmente? ¿Dónde acaba el dinero que pagamos por él? ¿Cómo es posible que una fruta que ha recorrido miles de kilómetros resulte más barata que otra cultivada cerca de casa y en su temporada natural?
Responder a estas preguntas puede resultar incómodo. Podemos enfadarnos, sentirnos impotentes o decidir mirar hacia otro lado.
Pero existe una alternativa mucho más útil: actuar en la medida de nuestras posibilidades. No hace falta cambiarlo todo de un día para otro. Basta con introducir pequeños gestos coherentes con nuestras convicciones y con nuestra realidad.
Y aquí es donde aparece una idea que me parece especialmente interesante: la custodia del territorio.
Normalmente asociamos ese concepto a asociaciones conservacionistas, administraciones públicas o propietarios de espacios naturales. Sin embargo, pocas veces pensamos que nosotros también podemos ejercer una forma de custodia del territorio a través de nuestras decisiones de compra.
Cuando elegimos un vino elaborado por un viticultor que trabaja respetando su entorno, estamos contribuyendo a que ese viñedo siga existiendo. Cuando compramos alimentos producidos localmente, ayudamos a mantener actividad económica en zonas rurales que llevan décadas perdiendo población. Cuando apostamos por productos de temporada, estamos respaldando ritmos agrícolas más coherentes con los ciclos naturales.
En otras palabras: no solo compramos alimentos o bebidas. También ayudamos a conservar paisajes. Nos convertimos en una especie de guardianes del territorio.
Porque los paisajes no son únicamente el resultado de la naturaleza. Son también el resultado del trabajo humano. Los viñedos, los olivares, las huertas, los pastos o los bosques gestionados forman parte de un patrimonio que existe porque alguien lo cuida cada día.
Y cuidar cuesta dinero.
Cada vez que priorizamos exclusivamente el precio más bajo, estamos enviando un mensaje al mercado. Pero también enviamos otro mensaje cuando decidimos apoyar a quienes producen con criterios de calidad, arraigo y respeto por el territorio.
No se trata de idealizar al pequeño productor ni de demonizar cualquier otra alternativa. Se trata de entender que nuestras decisiones tienen consecuencias que van mucho más allá de nuestro plato o nuestra copa.
Quizá no podamos cambiar el sistema alimentario global. Pero sí podemos decidir qué modelos queremos fortalecer con nuestro dinero.
Porque cada euro que gastamos es una forma de apoyo. No solo compramos una botella de vino, una barra de pan o una caja de tomates. Estamos financiando una manera de relacionarnos con la tierra.
Los paisajes no se conservan únicamente visitándolos, fotografiándolos o admirándolos desde un mirador. Se conservan consumiéndolos. Se conservan cuando elegimos el vino de quien mantiene vivas unas viñas viejas, cuando compramos la fruta que se cultiva cerca de casa o cuando apoyamos a quienes siguen produciendo alimentos con respeto por el lugar del que proceden.
Porque, en cierto modo, el paisaje también se come y se bebe.
Y cada vez que elegimos qué poner en nuestra mesa, estamos decidiendo qué paisajes queremos que sigan existiendo.

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