Hacer de la complejidad, virtud

Un vino es, en primer lugar, la consecuencia de un territorio y su historia y de un montón de circunstancias, algunas de las cuales, cambian cada año. Luego, entran en juego una cantidad enorme de decisiones que alguien tomó en distintos momentos, desde cómo se poda la vid, hasta cuándo se vendimia, todos los procesos que se siguen en bodega, cuándo se embotella, incluso hasta el momento en que se abre y se decide beber, todo ello influye en el resultado final. Si unes todo esto, hasta yo, que siempre fui fatal en matemáticas, sé que combinando todas esas posibilidades, los resultados tienden a infinito y por eso no hay un vino igual que otro, ni siquiera el mismo vino es igual al año siguiente o si lo abres en un día distinto.

Esto nos lleva a una bebida que encierra una cierta complejidad y eso a unos les echa para atrás y a otros precisamente les resulta divertido, estimulante, retador, les conecta con el placer de conocer y de aprender. Unos asimilan complejidad con complicación y otros con todo un mundo de opciones y posibilidades por descubrir y por eso, esta característica del vino, esta complejidad, puede ser a la vez su principal virtud y la vía para su salvación, pero también es muchas veces su condena.

Si esa complejidad convierte al vino en algo que intimida, en algo académico, en una barrera de entrada, en algo de lo que hay que aprender para poder disfrutarlo, estamos perdidos. Ha pasado durante años y sigue pasando. Si siento que para elegir un vino de la carta tengo que saber y creo que no estoy preparado, mejor me pido un refresco o cualquier otra cosa y, total, para qué me voy a gastar ese dineral en un vino si yo no voy a saber apreciarlo… Esas frases espeluznantes que deberían hacer saltar las alarmas a todo el que se dedique al sector del vino y con las que llevamos conviviendo demasiado tiempo sin saber muy bien cómo ponerle solución al problema.

Sin embargo, esa complejidad bien entendida, la complejidad divertida, estimulante, esa que apela a la curiosidad, al placer de aprender es precisamente lo que engancha. Que existan tantos vinos diferentes, tanto tipos, tantas zonas y que siempre haya algo que pueda sorprenderte es, para muchas personas, lo que hace del vino algo que te atrapa y no te suelta.

Esa complejidad es la que convierte al vino en cultura, en territorio, la que lo convierte en vehículo para conectarte con lugares que no sabías que existían, con personas que hacen cosas increíbles, en algo que va mucho más allá de una bebida alcohólica. Si conseguimos hacer accesible esa complejidad estaremos activando la principal baza que tiene el vino para sobrevivir.

Para que esa complejidad juegue a favor, tenemos que romper la barrera de entrada, todo debe llevar a que cualquiera pueda sentirse libre para experimentar, para probar, para hablar de ese vino que le gusta y del que no le gusta nada, sin miedo a ser juzgado, sin miedo a meter la pata. A partir de ahí, ya hablaremos. Pero claro, mucho ojo, con dar la chapa cuando no toca, diría que con dar la chapa en general. Nadie quiere que le den la turra cuando está con sus amigos o con su pareja tratando de pasar un buen rato, que le hablen de taninos o de suelos arcillo-calcáreos en según qué soportes o situaciones. Dar la información justa y pertinente de forma clara y accesible en el momento adecuado y dejar la puerta abierta para que quiera saber más, lo tenga fácil.

La complejidad como aliada perfecta

Luego están algunas tendencias actuales que vienen a añadirse a los problemas que ya existían previamente y que parece que juegan en contra del vino y, sin embargo, creo que pueden terminar siendo algo positivo. La preocupación por la salud lleva a una forma de consumir que pide más presencia, más consciencia, más conocimiento y más pausa y ahí el vino se mueve como pez en el agua, es donde encuentra su territorio, donde tiene argumentos, donde la complejidad se convierte en su principal virtud, en una aliada perfecta.

Que tengamos una mayor conciencia de lo que comemos y bebemos y que queramos conocer el origen de lo que consumimos es una muy buena noticia para el vino. Ahí es donde esa complejidad, si la jugamos bien, se convierte en valor añadido. Hay muy pocas bebidas que tengan tanta historia detrás como la inmensa mayoría de los vinos.

Evidentemente está el tema de la salud y el alcohol. Una bebida como el vino con esa «complejidad» favorece un consumo moderado, mucho más consciente, más presente, más reposado. No es que su consumo sea saludable, no, y no es que «bah, por una copita no pasa nada», sí pasa, ya lo sabemos, y tampoco debemos caer en ocultarlo o disfrazarlo, pero también es verdad que como decían Les Luthiers «tampoco hay que tomarse la vida tan en serio. Al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.

Más allá del chascarrillo, habrá momentos para cuidar la salud y por suerte cada vez hay más opciones, pero también puede haber momentos para «soltar un poquito la cuerda», que también esto es saludable, y ahí es donde el vino te estará esperando con una cantidad de argumentos que pueden multiplicar el puro placer sensorial y llevarlo un poco más allá con esa complejidad que te permite descubrir, conocer, experimentar y conectar con lugares y personas. Si conseguimos que un consumidor lleve esto en la cabeza en esos segundos que tiene para valorar entre las opciones que existen, habremos activado una de las ventajas competitivas más importantes que tiene el vino. Habremos hecho de su complejidad, virtud.

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