Hace unos días leía un artículo de Tao Platón en El País Semanal donde reflexiona sobre el territorio, el viñedo, el sentimiento de pertenencia y de identidad. Si no lo has leído, te recomiendo que lo hagas, porque explica a la perfección por qué el vino -como otros productos de la tierra, diría yo- conlleva aspectos mucho más profundos que tienen que ver con algo que va mucho más allá del puro negocio.
Me ha ocurrido algunas veces que mirando paisajes de viña, en Lanzarote, en Zamora, en Galicia o en Soria he pensado: ¿en qué momento alguien creyó o sigue creyendo que esto es una buena idea? Probablemente es porque esto tiene muy poco de racional. Tiene todo eso que explica muy bien el artículo de identificarse con un territorio, de empeño por sacarlo adelante, por no dejar morir algo que forma parte de ti.
La desconexión fatal
Todo esto contrasta con un mundo totalmente alejado y ajeno a ese apego, a ese arraigo, a ese sentimiento. Ese mundo al que llega la botella de vino y tiene que defenderse, casi siempre, con muy poco. A veces, hay suerte y hay un buen sumiller, comprometido, que transmite todo lo que puede lo que cada botella tiene detrás. Sin embargo, lo más habitual es que solo haya una carta con un precio y un poco de información «racional» relacionada con la crianza o con descriptores de sabor o de olor…
Ahí es donde se produce la desconexión fatal, donde el vino se deshumaniza, se convierte en una más de las cosas que puedes elegir para beber y entonces llega la fatídica frase: «Uy es que el vino es caro».
Y no se le puede culpar a quien dice eso porque, esa persona que está sentada en ese restaurante está a años luz de intuir todo lo que ha ocurrido para que esa botella esté a su alcance en ese momento. Ahí es donde está, para mí, el gran reto, que diría que va incluso mucho más allá solo del vino, que tiene que ver con que vivimos ignorando el mundo rural, donde está o debería estar el origen de nuestra alimentación.


Para mí la comunicación en torno al mundo del vino debe ir encaminada a acercar ese origen, a hacerlo accesible, a hablar de esa identificación con el territorio, de las historias que ocurren en esos lugares donde se elabora, de por qué una persona decide hacer cosas tan marcianas para sacar adelante una viña en lugares remotos, a romper esa desconexión entre esos dos mundos ahora tan alejados.
El vino es uno de esos puentes que pueden unir esas dos realidades, se puede convertir en una maravillosa puerta de doble dirección, además, de un lugar a otro y del otro al uno.
Siempre he pensado que el poder más grande que tenemos en este sistema en el que vivimos, es el de decidir qué compramos y, como ya sabemos que todo poder conlleva una gran responsabilidad, la nuestra es enterarnos del origen de lo que consumimos porque, además, es súper enriquecedor. Beberte una botella de vino está bien, pero hacerlo sabiendo de dónde viene, quién la ha hecho, qué historia hay detrás… eso, es otro tema.
Mi propósito a través de la comunicación es justamente conseguir que eso sea fácil, que esa historia llegue de forma amena, divertida, conveniente, en el momento adecuado. Convertir el vino en experiencia y en conexión. Quizá así el consumo sea algo recurrente y esas personas que dedican su vida a un territorio tengan un negocio viable que sostenga ese mundo rural que, si no conseguimos que se mantenga, no somos conscientes de hasta qué punto estamos j*didos perdidos.

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